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Ponencia

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PONENCIA DEL IV CONGRESO NACIONAL
DE HERMANDADES
DE ORACIÓN EN EL HUERTO

 

“Las Cofradías y Hermandades Pasionarias ante la Nueva Evangelización”

por

Carlos Ferrándiz Araujo

A los laicos

“Id también vosotros a mi viña”
(Mt. 20, 3-4)

 

 

RESUMEN

       Se estudia en esta ponencia la religiosidad popular vivida por las Cofradías y Hermandades Pasionarias de España reflexionando y analizando su compromiso de vivir la fe, sus raíces espirituales, morales y eclesiales y su sintonía con la Iglesia Católica del Vaticano II de cara a la reevangelización con motivo del próximo Tercer Milenio.

       Se constata el fenómeno en alza y progresivo del número cada vez más abundante de cofrades y hermanos, de la necesidad de su maduración cristiana, de su solidaridad con los más necesitados, de sus actitudes constructivas y renovadoras, de su papel evangelizador desde las raíces de su fe, considerando siempre al hombre como sujeto libre a la vez que comprometido con la Iglesia.

       Por último se estudia la recuperación de la identidad religiosa de las Cofradías, su vehiculización de la Palabra de Dios, su promoción del bien común y su empeño en la transformación de la sociedad.

Introducción

       Al cumplirse, en este año 1997, el CCL aniversario de la fundación de la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús en el Paso del Prendimiento y Santo Celo y Esperanza de la Salvación de las Almas, vulgarmente Californios, la Agrupación más antigua -de las quince que forman la Cofradía- la de la Oración en el Huerto ha querido contribuir a la conmemoración de la entrañable efemérides con algo que trascendiera de lo puramente material, con un evento que reportase beneficios espirituales para todos, fieles a su tradición.

Y con una fe que mueve montañas y una humildad franciscana se propusieron sus hermanos organizar, en la trimilenaria Cartagena, uno de los actos de mayor fraternidad cristiana que era posible: la celebración del Congreso Nacional Getsemaní 97, con el acierto pleno y la delicadeza exquisita de las almas buenas que miran primero por el bien de los demás y luego por el de ellos. Si la Pasión de Jesús que procesionamos los californios se desarrollo prácticamente en distintos momentos en el Huerto de los Olivos, ese tremendo escenario era el que había de trasladar a Cartagena, porque era el primum movere de nuestra razón de ser californios.

       Pero, todo ello con ser importante, no hubiese sido posible sin la solidaridad, la comprensión y el apoyo de nuestras carísimas Hermandades y Cofradías de la Oración en el Huerto de toda España que lo han hecho posible y a las que públicamente tributamos nuestro más profundo agradecimiento, materializándolo en la de la califal y renacentista ciudad de Úbeda, de la que recibimos el testigo.

       Honrados con la designación sentimos pronto, sin embargo, el peso de la responsabilidad, no solo de la organización sino sobretodo de la elección del tema de la ponencia.

      La brillantez de las anteriores: “Papel de las Hermandades ante la Iglesia”, ” la otra vida de la Hermandad: Juventud y Labor Social”, “Patrimonio Histórico-Artístico de las Hermandades”, Hermandades de Distinta Advocación Cristológica”, “El Culto y la Oración en las Hermandades de la Oración en el Huerto”, “Devoción al Cristo de la O. Huerto”, ” Las Enseñanzas del Cristo de Getsemaní”, “Economía en las Hermandades: Función y Destino” y “Las Hermandades en la Iglesia de Hoy: Adaptación e Integración”, nos ponía muy elevado el nivel y nos exigía estar a la altura de las circunstancias. Tras múltiples consideraciones y reflexiones optamos por un tema comprometido, como comprometidas tienen que ser las Cofradías y Hermandades de hoy día, y con plena vigencia en las enseñanzas de la Iglesia Católica actual, sin perder de vista al trienio en que estamos inmersos, preparatorio para el Gran Jubileo del Año Dos Mil.

      Así, pues, nos decidimos por: Las Cofradías u Hermandades Pasionarias en la Nueva Evangelización, Tema general y muy amplio, pero de capitalísima importancia y trascendencia en la Iglesia Católica salida del Vaticano II. Religiosidad popular tratada por laicos que no desean la recreación del pasado, aunque es necesario recuperarlo, sino su análisis a fin de comprender las legitimaciones y las contradicciones que se dan en el fenómeno pasionario para posibilitar un mejor futuro.

Material y Método

      La documentación que hemos utilizado ha tenido una procedencia multidisciplinar aprovechando la apasionante experiencia de haber sido codirector y autos de la obra “Las Cofradías Pasionarias de Cartagena” (1991), así como la derivada de cinco años de desempeñar actualmente el cargo de Hermano Mayor de la Cofradía California en su andadura de un cuarto de milenio, y doce, con anterioridad, la presidencia de la Agrupación de la Oración en el Huerto de Cartagena.

      Hemos tenido muy presente el “Directorio para Cofradías Pasionarias y Hermandades de Semana Santa de la Diócesis de Cartagena” (1991) así como el “Directorio Pastoral de la Religiosidad Popular y Evangelización de la Diócesis de Jaén (1995).

    También las publicaciones del Centro de Estudios Teológico-Pastorales San Fulgencio de Murcia, en especial “El Fenómeno Religioso ante el siglo XXI” (1997) y la colección “Pliego, Vida Nueva” (1997).

      Y “Getsemaní. Meditaciones sobre la Pasión de Cristo” (1989) del P. Antonio M. Artola.

      Metodológicamente hemos contemplado y revisado las diferentes lecturas que tiene el fenómeno de religiosidad popular: histórica, antropológica, sociológica, teológica, religiosa, artística, política, económica, social, literaria, lúdica, emocional …..    analizando unas, apuntando solamente otras.

Exposición

      El fenómeno de la religiosidad popular, del que nuestras Hermandades y Cofradías son agentes activisimos y en torno a ellas se dan cita una parte importante de creyentes, precisa, cara al tercer Milenio, de un compromiso formal y auténtico, reflexivo y esperanzador, sobre las formas de vivir la fe entre nosotros.

La Nueva Evangelización reclamada por el Santo Padre -al que acabamos de presentar en Roma nuestra adhesión, solidaridad y reconocimiento con motivo del CCL aniversario de la fundación de la Cofradía California de Cartagena- debe encontrar indudablemente en nosotros, los laicos responsables y directivos de Hermandades y Cofradías, el apoyo decisivo y acuciante de la misión de todo bautizado: evangelizar.

      Evangelizar desde las raíces de nuestra fe, sobre la base de las tradiciones religiosas que tan vivas están en nuestra vida cofradiera y se manifiestan espectacularmente en cortejos y procesiones.

      La Cofradías del siglo XXI no pueden ser las mismas de los tiempos en que se fundaron. Todo ha cambiado: la sociedad, las costumbres, las formas del pensamiento …; y, poco, muy poco, las Hermandades que han de renovarse y adaptarse definitivamente a la Nueva Era, fieles a sus orígenes y a la Iglesia Católica.

      Las Hermandades y Cofradías constituyen el modo de expresión religiosa de una mayoría de cristianos, muy en boga actualmente, que nadie cuestiona y que alcanza su cenit durante el tiempo de Cuaresma y sobretodo en Semana Santa.

      Se trata, sin embargo y en líneas generales, de un colectivo más creyente que practicante en el cumplimiento de los requisitos mínimos exigidos por la Iglesia; un colectivo más religioso que eclesial con poca participación en la vida parroquial que, como advierte Pablo VI, “puede incluso conducir a la formación de sectas y poner en peligro la verdadera comunión eclesial”. Un colectivo con gran sentido festivo en medio del sufrimiento. Un colectivo con grandes dosis de seculización, fácilmente manejable, con riesgos de descristianización.

      Y si esto es así -con el peligro que entraña, no obstante, las generalizaciones- y somos lo suficientemente serios para aceptarlo, o al menos maduros para contemplar dichas posibilidades, constatamos de inmediato una disociación Iglesia-Cofradías. ¿Nos hemos apartado las Hermandades del magisterio de la Iglesia?. ¿Se ha desentendido la Iglesia de las Cofradías por entender que era una forma menor de religiosidad?. Porque de cara a la Nueva Evangelización no debe caber la indiferencia ante el importante fenómeno de la religiosidad popular, al menos cuantitativamente considerado. Urge una profunda reflexión sobre esta realidad que debidamente encauzada y guiada dé sentido y transmute mucho de lo que despectivamente se señala como floklorismo, pero que encierra verdaderos valores autóctonos y vernáculos de nuestros pueblos.

En el sentido de pertenencia a la Iglesia, en el compromiso apostólico, en el descubrimiento de los valores evangélicos, hemos de ser entrenados los cofrades para la más completa realización cristiana y aprovechar y potenciar los muchos elementos con fuerza evangelizadora que en sí misma encierra la religiosidad popular.

      Debemos tener muy en cuenta que la raíz espiritual, moral y eclesial de nuestras procesiones y cortejos pasionarios, así como los actos desarrollados por las Cofradías a lo largo del año, son el auténtico origen y soporte de su vivencia cristiana, personal y colectiva; y no -como algunos desearían- manifestaciones culturales o folklóricas. Se ha intentado, en algunas ocasiones, un vaciamiento de sus contenidos y sentimientos religiosos. Y aún se intenta, esgrimiendo un falso modernismo arropado por conductas desviadas y faltas de formación, emplear lo religioso solamente como mero símbolo para así expresar socialmente realidades distintas y ajenas a la fe cristiana.

      Otras veces, intereses partidistas, económicos, comerciales, turísticos, etc…. inconsecuentes con la fe en Dios pretenden y animan a la secularización de estas formas de religiosidad popular.

      A ello contribuye, en muchas ocasiones, la riqueza y ostentación de alguna Cofradía que debe ser contrarrestada con la sobriedad y la ayuda a los más necesitados, desterrando la superficialidad, la inconsciencia y la falta de autenticidad.

      Hay que tener en cuenta que el cambio hacia la Nueva Evangelización es un problema arduo, por la arraigada tendencia devocional y por el predominio de lo afectivo y sentimental sobre lo racional en el contexto de nuestra sociedad secularizante y de gran pluralismo ideológico, ético y religioso.

      Sin embargo, urge recuperar la identidad religiosa de los cofrades así como su más profundo auténtico ser popular.

      Ante actitudes abandonistas o destructivas, conformistas o inmovilistas debe emerger una actitud constructiva y renovadora: la actitud evangelizadora, que es la que hoy nos demanda la Iglesia.

    No faltan críticas más o menos peyorativas de ciertos nuevos sectores o movimientos de la Iglesia hacia los cofrades y hermanos olvidándose de que el pueblo de la religiosidad popular es también Pueblo de Dios y que la Iglesia acoge y ama a todos sus miembros; y, que la Palabra de Dios tiene una importancia decisiva en orden a la correcta intelección de expresiones de piedad del pueblo sencillo.

      Nosotros, como cristianos, tenemos que estar dispuestos siempre a ser evangelizados y a evangelizar; para ello todos debemos de abandonar posturas extremistas, criterios preconcebidos, procurar acercamientos respetuosos y profundos hacia aquellos con una fe más sencilla para que la Palabra de Dios sea siempre el criterio iluminador.

      Y no debemos olvidar que la Nueva Evangelización ha de ir destinada al hombre concreto; que hemos de considerar siempre al hombre al que se dirige, sujeto concreto de la misma, intentando descubrir lo que de evangélico hay en él. Lo fundamental son las motivaciones y las actitudes que el hombre posee no sus manifestaciones externas, prácticas, ritos, costumbre…. por ello hemos de ir directos a su corazón para que se libere de las esclavitudes y culminar con el compromiso en la vida que lleva al evangelizado a ser evangelizador, aunque ello exija un largo y duro proceso presidido por la fraternidad que destierra de nosotros el materialismo, el individualismo, la rutina y el olvido de lo anterior, en que nuestra sociedad actual se haya inmersa.

      Para todo ello es preciso que, sin ambages, proclamemos el carácter religioso de nuestras manifestaciones populares diferenciándolas de las puramente culturales; seamos coherentes y acordes entre la fe y nuestra forma de actuar en la vida; evitemos todo tipo de manipulación e instrumentalización, bien exógena como endógena; soslayemos los peligros de la secularización haciendo que lo religioso obre por sí mismo; y, desarrollando el sentido cristiano de fiesta y fraternidad para crear una conciencia colectiva de la trascendencia del catolicismo popular como medio de acción y compromiso de los seglares cristianos.

      Pero es del todo imprescindible en nuestras Hermandades y Cofradías un progresivo aumento del nivel de maduración cristiana así como una superación de todo aquello que desvirtúe la fe y los valores de la religiosidad popular siendo aquí necesarias tareas concretas de pastoral a cargo de los rectores eclesiales con el concurso de todos los cofrades, de los componentes de las parroquias, religiosos y religiosas de su ámbito, movimientos de seglares, pequeñas comunidades, etc…

     Hemos de tener claro que la piedad popular, tan abundante en nuestras manifestaciones, no está en contraposición con la liturgia, ni son retos que hay que superar como se aprecia en las conclusiones de Vaticano II, de ahí que los ejercicios piadosos sean necesarios en estrecha relación con la liturgia.

      Ejercicios piadosos que son una constante entre nosotros dedicados a nuestros Cristos, Vírgenes, Santos Apóstoles….. a los que rendimos culto durante todo el año y que llevamos el summun en Semana Santa.

      Pero es necesario -como apunta la Comisión Episcopal de Liturgia y la Congregación para el Culto Divino- presentar, en equilibrio armónico, el Misterio de Cristo, la conmemoración de María y de los Santos, que constituyen el contenido de todas las celebraciones litúrgicas y de los actos devocionales.

      La realidad entrañable del alma popular conquistada por María es palpable en nuestras Cofradías pero no podemos aislarla de Jesús, ni crear en torno a ella un sentimentalismo y una credulidad. El amor y culto a la Virgen deben llevar al conocimiento y adhesión al mensaje y a la vida de Jesús así como su devoción a un mayor compromiso con los hombres, nuestros hermanos.

      Mientras que la devoción a los Santos Apóstoles, que vivieron de modo intenso el amor a Dios y al prójimo, debemos guiarla en una dirección más clarificada, como miembros de una Iglesia en marcha, peregrina, cuyo recuerdo y ejemplo nos ayuda en nuestra marcha hacia el porvenir.

      Y la devoción y el culto a las imágenes es, sin duda, una de las manifestaciones más arraigada en el catolicismo popular. La vida de nuestras Hermandades y Cofradías gira durante todo el año en torno a las imágenes titulares propias.

      Cristo, Dios y Hombre, es imagen perceptible de Dios invisible (col. 1.15). Veneremos las imágenes, de acuerdo con la tradición reconocida por el Vaticano II, sin desviaciones, sin culto mal entendido, sin emotividad transitoria, sin fetichismo…. entendiendo su misión: crear un clima de fe, alegría y oración que facilite al pueblo la participación en el Misterio.

     Porque la contemplación de las imágenes transcribe el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra. Y como dice el Catecismo: “Imagen y palabra se esclarecen mútuamente”.

          Pero es que ademas tocan el corazón de los hombres y ayudan y sostienen la oración. “La belleza y el dolor de las imágenes estimulan mi oración”, decía San Juan Damasceno.

          Y ese modelo perfecto para entrar en oración es el mismísimo Dios, Jesucristo orando ante el Padre en Getsemaí solo, porque aunque acompañado de sus discípulos fueron como sombras y fantasmas.

          ¡Qué tremendos momentos el de la Oración de Jesús en el Huerto de los Olivos confortado por un Ángel bajado del Cielo para reanimarlo tratándole de Hijo del Padre y consolarlo como Hijo del Hombre!.

          La salida de las imágenes a la calle desde los templos, procesionando en cortejo, son valiosas catequesis plásticas si se hacen con devoción y dignidad cristianas, sin desvalorizar el culto y magnificar la imagen, sin alejarse de su esencia y crecer en lo folklórico, participando en la acogida de la gracia redentora de Cristo.

          Cada paso que demos en la procesión debe ser de conversión, oración y confianza en Dios. La procesión es un signo eclesial por el gesto de caminar juntos, animados por el mismo Espíritu, en la fe de la Iglesia, Espíritu del Señor, “de quien está llena toda tierra” y cuyo próximo año 1998 le está dedicado por la Iglesia Universal como preparación para el Gran Jubileo del Año 2000. Su presencia santificadora dentro de nuestras comunidades cofradieras nos ayudará a actualizarnos, como de hecho actualiza a la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la única revelación traída por Cristo a los hombres.

         Debemos empeñarnos en que nuestras inmediatas procesiones detecten un mayor sentido religioso y profundo, que reafirmen nuestra propia identidad volviendo la mirada a nuestras esencias y a la verdadera razón de ser de todo cuanto hacemos sumergiéndonos más en las raíces de nuestra fe.

          La Semana Santa es -como dice el Obispo de Jaén- la gran semana del amor, la conversión y la esperanza, por ello debemos prepararla adecuadamente durante la Cuaresma aprovechando los múltiples actos con intereses evangelizadores, en los que todo el pueblo sea protagonista y culmine con la asistencia masiva al Triduo Pascual y al anuncio de la Resurrección del Señor, con la alegría permanente por el hecho más capital del tiempo pascual.

          Pero los cofrades, por el hecho de serlos, debemos tener meridianamente claros unos criterios de eclesialidad. Unos referidos a la identidad cristiana: santidad de vida, confesión de la fe católica, testimonio de comunión firme con el ministerio pastoral y concurrencia en el apostolado. Otros, referidos a la participación en la misión de la Iglesia: solidaridad con los pobres y presencia comprometida en el mundo en orden a la nueva evangelización.

          Reevangelización que ha de empezar por nosotros mismos, por todos y cada uno de nuestros cofrades y hermanos, para que entendamos el sentido y la importancia de la Palabra de Dios, del Culto Cristiano, de la Oración y del Apostolado.

          Nuestras Cofradías y Hermandades han de ser caldo de cultivo para que se escuche y desarrolle la Palabra de Dios frecuentemente, escuela de oración y acicate de apostolado, adecuado a las cualidades de cada uno de sus miembros.

         Y es fundamental que al participar en la misión de la Iglesia, los laicos cofrades tengamos una especialísima solidaridad con los más pobres, solidaridad que nos lleve a un compromiso con los que sufren abandono, soledad, incomprensión, marginación… no solo que dándonos en ayudas materiales sino que lleguemos a la promoción del bien común.

          La dimensión social es imprescindible porque no podemos vivir la fe sin ella al servicio de la dignidad integral del hombre intentando crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad.

         Pero todo ello pasa por una renovación en profundidad de nuestras Hermandades y Cofradías. Con una actitud constructiva como punto de partida entre todos, pastores y cofrades, superando susceptibilidades, con buena voluntad y ánimo fraterno. Con compenetración mutua y diálogo sincero, transparente y evangélico.

        No debemos de olvidar que nuestras Cofradías poseen un valor humano muy importante, por su número y por los diversos grupos seglares que convocamos e integramos, que han sido durante siglos uno de los cauces más eficaces para la fe de nuestros pueblos y pueden constituir una fuente de apoyo de animación cristiana en nuestras diócesis siendo una continua llamada a la conversión y a la práctica de la caridad cristiana. Tampoco debemos de perder de vista las posibilidades de manifestación pública de fe que encierran así con la vehiculización de valores religiosos en la cultura de nuestro tiempo.

      Por ello y para la renovación es urgente y necesario que entremos en una dinámica de formación cristiana permanente, tratemos de que la espiritualidad como estilo de vida presida todas las actividades, avivemos la dimensión apostólica de nuestra fe, revisemos periódicamente nuestras programaciones para mejorar los proyectos, intensificar objetivos y purificar actitudes.

          Creo cumplida la hora, en este año primero del trienio de preparación por el Gran Jubileo del Año 2000, que los cofrades tomemos en serio, muy en serio, la preocupación por los problemas de nuestras Cofradías y Hermandades inmersas en la sociedad plural que nos ha tocado vivir.

          A nosotros corresponde, como seglares cristianos, estimular compromisos que abran cauces de presencia operante y transformadora en la sociedad buscando sin descanso la Nueva Evangelización de las Cofradías y Hermandades Pasionarias.

         El hecho de que mañana, como ayer, no pueda el hombre dejar de intervenir en el fenómeno de religiosidad popular, habrá de servirnos de paradigma para un mejor porvenir.

          Las Cofradías y Hermandades Pasionarias del futuro no sabemos como van a ser. Hoy por hoy no disponemos de ningún dato. Tampoco se trata de hacer futurología barata. Nos hallamos en el camino de la esperanza. Sin embargo, podemos obtener una aproximación con los métodos acreditados en la historiología: la heurística, la crítica y la interpretación.

          Ellos, que tan buenas expectativas han dado en otras materias, podrían ser aplicados a este fenómeno de religiosidad popular para avanzar hacia su devenir.

         La heurística nos ayudaría a explorar los interrogantes que nos planteamos. La crítica como instrumento científico para la predicción. Y la interpretación, sin la cual todo lo conocido serían largas listas a título de inventario.

          El dibujo del futuro sólo lo podemos hacer a través de la sólida pintura del pasado. Nuestra historia es una suerte de material viviente -como afirma Schipperges- a partir del cual el hombre se forma a sí mismo y con el cual constituye el universo del mañana. Así es la cambiante y palpitante realidad del hombre actual.

          Todo dependerá, a través de un espíritu de continuidad, de nuestra visión del pasado y de nuestra orientación ante el porvenir. Así pasaremos del hoy al mañana, sin saber muy bien a dónde vamos, aunque, sin duda alguna, nos seguiremos encontrando con la realidad del Cristo pobre, marginado, oprimido, de todos los tiempos.

CONCLUSIONES

  1. Los laicos responsables y directivos de Hermandades y Cofradías Pasionarias tenemos la obligación, hoy más que nunca, de evangelizar.
  2. Las Cofradías y Hermandades formamos un colectivo más devoto que comprometido apostólicamente bajo peligro de secularización.
  3. Los ejercicios piadosos desarrollados por nuestras Cofradías y Hermandades han de estar en estrecha relación y adecuación a la liturgia.
  4. Las procesiones deben ser cortejos de conversión y oración enraizados en la fe.
  5. Nuestras Cofradías y Hermandades deben ser solidarias con los más necesitados aspirando a la promoción del bien común.
  6. Es necesaria una renovación profunda para entrar en una dinámica de formación cristiana permanente.
  7. El hombre concreto es el sujeto de la Nueva Evangelización siendo necesario un cofrade libre y comprometido con la Iglesia.
  8. Las Cofradías y Hermandades deben ser una continua llamada a la conversión.

BIBLIOGRAFÍA

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  6. ESTATUTOS de la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padres Jesús en el Doloroso Paso del Prendimiento, Californios. (1992). Cartagena
  7. FERRANDIZ ARAUJO, C; GARCÍA BRAVO, A.J. (1990) Ed. Las Cofradías Pasionarias de Cartagena. Murcia.
  8. LUSTIGER, J.M. (1991). Europo sé tu misma. Valencia
  9. MARTÍNEZ, J.J. (1992). El drama de Jesús. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Bilbao.
  10. MELLADO CARRILLO, M. (1997). El Fenómeno religioso ante el siglo XXI. Murcia.
  11. PLIEGO. Vida nueva. (1997). nº 2091-5. Madrid.

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